CODIGOS
En un sentido general y abstracto podemos definir código, en
referencia a cualquier lenguaje, como reglas de elaboración y combinación de
signos. En el caso del lenguaje que utilizamos, la gramática (con su morfología
y su sintaxis) es un ejemplo de código.
Pero debemos pasar desde ese plano de abstracción a otros más
concretos. En primer lugar, el carácter social de los códigos. Hay una
definición: "conjunto de obligaciones". ¿Cuáles? Las de elaborar y
combinar de una forma determinada los signos. Pero, ¿obligaciones para quién?
Los códigos son conjuntos de obligaciones sociales que permiten la comunicación
entre grupos y entre grupos de una determinada formación social.
¿Convenio Social, entonces? ¿Contrato social en relación con
la aceptación de dichas obligaciones? Una vía de interpretación semejante suele
ser tentadora, pero también puede elevar a equívocos, Porque las obligaciones
de la elaboración (y de interpretación, todo código implica alguien que
decodifica) bien pueden ser impuestas.
El conjunto de códigos debe ser entendido en sentido
relacional. Podemos hablar, por ejemplo, del código de la historieta: conjunto
de obligaciones de elaboración, pero también conjunto de elaboraciones de
interpretación. Es decir, la historieta impone al lector la forma en que debe
ser leída, interpretada.
Hay que distinguir los códigos de elaboración de mensajes de
los códigos conductuales. Ambos están presentes en todo proceso de comunicación
y es necesario relacionarlos. Los códigos conductuales son los conjuntos de
obligaciones que condicionan (no necesariamente determina) el comportamiento de
los miembros de los diferentes grupos sociales en una cierta situación social.
Los códigos son vividos en general sin una crítica, son
aceptados como el fundamento de la vida cotidiana y a menudo se los defiende
hasta con la violencia. Que la vida social está codificada lo muestran con toda
claridad las reglas que a diario respetamos en la vestimenta, en la manera de
comer, de conducir, de saludar. El problema mencionado anteriormente se repite
aquí: una rígida codificación de la conducta puede llevar a una pérdida de
creatividad y de espontaneidad la reiteración de las soluciones, de actitudes
que a menudo resultan inútiles para enfrentar nuevas situaciones.
Los códigos conductuales son racionalizados de manera tal que
aparecen como algo natural, como algo dado de una vez para siempre. Así, las
actitudes machistas llevan a conductas muchas veces aberrantes en lo relativo a
la sumisión de la mujer. Cuando esto quiere ser discutido o analizado la
defensa se establece a nombre de una suerte de aceptación ciega de lo que
comúnmente se hace.
Si bien los códigos no son eternos no cambian muy fácilmente.
Rossi Landi señala distintas formas de transformación: algunas variaciones, se
abandona un código y se pasa a otro; se destruye el código para crear una
nuevo. Lo cierto es que, salvo excepciones en el campo del arte o en algunas
formas muy radicales de conducta, difícilmente se abandona del todo un código cuando
se pretende crear algo nuevo: los grandes procesos de transformación social han
arrastrado durante mucho tiempo huellas de códigos anteriores, que se
manifiestan en conductas, creencias, y expectativas cotidianas.
Lo mismo sucede con la comunicación, sobre todo si se piensa
en los grandes medios de difusión. Aún cuando hay variaciones muy grandes, en
publicidad, por dar ejemplo, no es mucho lo que se innova desde el punto de
vista de sus reglas de juego esenciales, es decir, de sus códigos. Dicho de otra
forma, una variación de los mensajes puede, y de hecho lo está, queda sujeta a
reglas muy rígidas de elaboración y de temas a tratar.
Lo mismo sucede con el discurso político. En su Retórica
Aristóteles enuncia ciertas reglas (como por ejemplo la de los tópicos o
lugares comunes) que se mantienen en pleno uso en la actualidad.
El éxito de los mensajes dominantes es no sólo en ellos
mismos, sino también, y fundamentalmente, en la manera en que la población
percibe las cosas, en los códigos estéticos vigentes, en los códigos de
interpretación de los relatos. Y como todo código es también una forma de
esperar el comportamiento de la realidad, cuando un mensaje se orienta dentro
de tales reglas responde de alguna manera a las expectativas de la gente, con lo
que se asegura su éxito.
Por último, la comunicación se hace imposible cuando el
receptor está fuera del código. Esto es muy sencillo de comprobar frente a
alguien que habla un idioma que desconocemos. Lo que desconocemos son en primer
lugar las reglas esenciales de pronunciación y de sintaxis; por lo que la
comprensión se hace imposible. Pero algo similar ocurre cuando debemos
enfrentar un mensaje en lenguaje científico (en caracteres utilizados por la
lógica simbólica, por ejemplo) o un lenguaje estético sofisticado (sea de
alguna forma de cine experimental). El estar fuera del código puede resultar un
incentivo para algunos sectores privilegiados de la población. Pero cuando se
trata de trabajar con los sectores populares en una labor educativa, es preferible
partir de sus códigos, de sus formas de percibir cotidianamente la realidad.







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