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martes, 6 de agosto de 2013

EL EMISOR

EMISOR

Se ha personalizado tanto el papel del emisor dentro del proceso de comunicación que a fin de relativizarlo sería preferible hablar de "fase de emisor". Por parte, el término convierte todo en una especie de acto puntual, como si alguien emitiera en un momento y en otro dejara de hacerlo. Si bien esto es real no se agota allí la emisión. Emitir no se reduce sólo a hablar o escribir un mensaje. Un individuo, por el hecho de existir, está ofreciendo signos a los demás a través de sus gestos, su vestimenta, su manera de caminar, sus objetos, los espacios que lo rodean. La fase emisión es permanente y sólo adquiere sentido si se la analiza desde el punto de vista cultural. Emitir significa ofrecer rasgos culturales, ofrecerlos permanentemente.
Claro que hay momentos en que se emite más directamente. pero ellos, insistimos, no agotan de ninguna manera la riqueza de una comunicación cultural. Aprender a leer la comunicación no directa es una tarea fundamental y no solo para el especialista, sino también para el hombre llamado común, esto es, cada uno de nosotros. Un emisor, pues, lo es dentro de un conjunto de signos que lo anteceden históricamente, le condicionan sus posibilidades expresivas e incluso le ofrecen una gama amplia pero limitada de temas sobre los cuales expresarse. Se es emisor dentro de un contexto de significados, dentro de un horizonte cultural en suma.
En un libro que publicamos hace diez años (Discurso Autoritario y Comunicación Alternativa) distinguíamos entre emisor "real" y emisor "vocero". Decíamos que éste último transmiten lo que otros piensan o indican. Agregábamos "...También puede denominársele emisor conformador, ya que tiene la tarea de dar forma a un mensaje según indicaciones de otra persona".
No estamos seguros ahora de esta distinción. No porque no existan casos asó, sino porque la cosa no es tan simple. Y no lo es porque no se trata aquí de una cuestión de originalidad. El emisor real no es aquel que utiliza la palabra original, como estamos acostumbrados a pensar al emisor artístico. Si se permite parafrasear un pasaje de Alicia en el País de las Maravillas, el problema no es aquí el de qué originalidad tiene las palabras, el problema es quien tiene el poder.
El poder, en la fase de emisión, se ejerce de varias maneras:
1.- Determinando el modo en que socialmente deberán interpretarse, valorarse, personas, personajes, objetos, situaciones, ideologías.
2.- Controlando los mecanismos de difusión de los mensajes.
3.- Conformando lo que Valentín Voloshinov denominó "la uniacentralidad" del signo; es decir, que los signos, y aquello a lo que aluden, tienen un sólo significado posible. el que determina el emisor dominante.
4.- Rechazando, distorsionando, ocultando, ridiculizando, trivializando, aquellas personas, personajes, objetos, situaciones, ideologías que ofrecen una alternativa distinta a la versión ofrecida por el emisor dominante.
No nos referimos aquí solamente a quien tiene el poder económico y político (una clase social, por ejemplo). En todo el sistema lo que se da en grande también se da pequeño. Hay ejercicio de poder en la fase de emisión correspondiente a las relaciones interpersonales o grupales, lo sepa o no quien lo ejerce, lo ejerza o no con la mejor de las intenciones. La imposición de significados, de modo de valorar y aceptar la realidad, se ejerce en la familia, en las relaciones de parejas, en grupos de todo tipo.
La cadena de emisores reales o voceros es socialmente descendente (descenso en sentido económico, en el sentido de menores o ningún privilegio). Pero la imagen puede resultar peligrosa, porque cada eslabón no repite mecánicamente al anterior. Hay en ellos espacios de autonomía relativa, espacios en los que se abre alguna alternativa a la forma de significar y valorar dominante. Espacios que provienen no de los mensajes, no de los signos, sino de la manera en que son vividas las relaciones cotidianas, el trabajo, el acceso a la alimentación, a la vivienda, a la sociedad, no tiene una forma homogénea de significar y valorar es algo por demás evidente. Pero ello no es un producto de la comunicación o de los signos. Es una consecuencia de la inserción de individuos y grupos en determinadas relaciones sociales. También es evidente que a mayor poder económico, político, mayor poder de elaborar, difundir e imponer significados y valoraciones. Pero ese poder no es total. El sueño (pesadilla) de un discurso homogéneo está todavía allí mismo, en el terreno de los sueños. Una sociedad es un mosaico con grandes espacios de emisiones dominantes, pero con otros, pequeños, sin duda, en los que ejerce alguna alternativa, aunque sea balbuceante.
¿Cómo se ve a sí mismo un emisor dentro de ese mosaico? ¿Cómo Evalúa a sus destinatarios? Esto depende directamente del lugar que se ocupa del lugar social. No cualquiera razona "soy emisor y concibo a mi público de tal manera, por lo tanto mi mensaje será éste". Pero aún cuando no se razone así, la evaluación de uno mismo y de los destinatarios se produce siempre. Y de ella depende el modo en que se habla, se alude a un tema es decir, el modo de elaborar un mensaje.
Hay sin duda diferentes tipos de mensajes, conformados por ciertos signos y no otros. Cuando nos encontramos frente a uno degradante, por su estupidez y su mal gusto, no hace falta mucha imaginación para comprender que su emisor ve a los destinatarios como estúpidos e incapaces de gustar algo mejor. Los ve, en definitiva, como inferiores. Evaluación significativa precisamente atribuir un valor a los demás y elaborar el mensaje según tal atribución. Se corre el riesgo a menudo de evaluar a los otros como inferiores. Lo difícil es evaluarlo como distintos.
Nuestros temas iniciales, formación social y marco de referencia, adquieren mucha importancia cuando se intenta comprender la fase de emisión se es emisor dentro de ellos, aún cuando existían, como hemos señalados espacios de cierta autonomía relativa.

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