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martes, 6 de agosto de 2013

QUE ES EL PRECEPTOR

PERCEPTOR

Debemos repetir aquí algo similar a lo anterior: se ha personalizado tanto el papel del perceptor que a fin de relativizarlo sería preferible hablar de fase de percepción. Es inútil el trabajo de clasificar a los perceptores por edades, sexos, ocupaciones, preferencias, sino se aclaran algunos puntos previos. La percepción es en primer lugar una cuestión de supervivencia. Quien percibe mal el propio entorno queda a merced de él, sea un animal que no por advertir a su enemigo pasa a la categoría de prensa, o un hombre que cruza una calle... Percibir es en consecuencia, la capacidad de recoger la información necesaria para responder eficazmente al propio entorno. Uno queda a merced... El poder otra vez. Pero dejemos pendiente el tema. La percepción consiste esencialmente en una extracción de información de la realidad para orientar la propia conducta. Esa extracción, esas lecturas están condicionadas por el lugar social que ocupa. Algunos ejemplos por demás obvios: un campesino saber leer su entorno natural, sabe reconocer tal o cual tipo de plagas, los ruidos nocturnos, la cercanía de la lluvia... A un individuo de la ciudad le ocurre otro tanto con direcciones, recorridos de líneas de transporte, señalización...
Esos ejemplos muestran sólo algunos modos de percibir. Hay una percepción cotidiana necesaria y en general suficiente, para desenvolverse en la vida de todos los días. Constituye una lectura habitual, altamente mecanizada en muchos casos. Un modo de percibir que no pregunta por causas, que en general se conforma con lo inmediato. Corresponde a lo que Henri Lefebvre denomina "débil legibilidad del entorno".
Esa primera forma de percepción es la condición de posibilidad del éxito de los mensajes de difusión colectiva del ejercicio del poder sobre amplios sectores de la población. Una débil legibilidad significa una débil conciencia de las causas, de las conexiones esenciales de la realidad.
Hay mensajes, la mayoría en los medios de difusión dominantes, elaborados con la intención reafirmar, sostener la percepción inmediata. En situaciones de relativa estabilidad social ésta puede mantenerse sin muchos cambios incluso de una generación a otra. Más adelante matizaremos tal afirmación, pero hay que reconocer la existencia de aprendizaje perceptual dentro de la familia, en la escuela, en las relaciones sociales más amplias. Tal aprendizaje puede quedar limitado al reconocimiento de lo inmediato. Por otra parte, la percepción tiene una historia, individual y grupal, cultura en suma. Es difícil, de ninguno manera imposible, pasar por encima de la propia historia.
No imposible, decimos, porque el inmediatismo no abarca toda percepción de un individuo o de un grupo. Y no lo hace porque, en primer lugar, el entorno social no es nunca estático; segundo, porque el inmediatismo absoluto no existe; tercero, un individuo, sea el sector social al que pertenezca, siempre inmediatismo. Esto se manifiesta, en los sectores populares, a través del chiste, de la canción de la protesta, de la búsqueda de soluciones aunque sea en propuesta magicista. La llamada "sabiduría popular" contiene elementos que exceden el inmediatismo, debido a que surge de una confrontación cotidiana con las limitaciones económica-políticos de la sociedad.
Percibir es, pues lo ya conocido, la familiar, la evidente o bien intentar una lectura en profundidad. Este planteó puede conducir a un error, sobre todo por la disyuntiva que abre la expresión "o bien". En realidad la primera forma no se abandona (no se puede) nunca. Y la segunda no abarca toda la relación con el entorno. Dicho en otras palabras: la conciencia nunca avanza en bloque, puede ampliar el horizonte en una dirección y quedarse limitada en otra. A veces se toma conciencia en sentido político, se pasa a la acción inconcluso, las relaciones familiares autoritarias continúan sin cambio alguno. Esto no es siempre así, por supuesto, pero vale la pena recordar que los procesos de enriquecimiento perceptual, de toma de conciencia, no son muchas lineales.
La percepción supone valoraciones. Muchas veces éstas influyen directamente en el modo de percibir, aun a costa de una mala lectura, de una distorsión del objeto en cuestión. Piénsese, por ejemplo, en el racismo.
De acuerdo con la suma, es como se actúa. La percepción no es un acto gratuito, en ella se juega nuestra toma de posición ante la realidad, ante los demás, y en definitiva nuestra conducta.
Pero todo lo dicho es preciso reconocer "tendencias" perceptuales comunes a integrantes de un mismo grupo social, y a la vez la posibilidad de lecturas alternativas a mensajes o situaciones sociales. Aún cuando existiera una propuesta homogénea de mensajes las posibilidades de lectura alternativa no desaparecerían porque la percepción se funda en las relaciones cotidianas, es la historia personal y grupal, y no en un comercio químicamente puro con los medios de difusión colectiva.
Medios y recursos: Los medios son aquellos instrumentos a través de los cuales se hace llegar un mensaje a un receptor. Pero eso no ocurre, en el caso de las relaciones sociales amplias, sin una cierta cantidad y calidad de recursos, muchos de los cuales están totalmente fuera del alcance de la gran mayoría de la población. Piénsese en el costo real de un sistema de televisión, de un periódico, por citar solo dos ejemplos.
Esta ha llevado a una enorme concentración de medios y recursos en mano del Estado, de agencias transnacionales y de sectores de la empresa privada. El acceso a los mismos resulta más que limitado para las grandes mayorías de la población. Por el actual desarrollo tecnológico en el campo de la comunicación el proceso de concentración puede tender a aumentar. Hay países industrializados (Japón por ejemplo) que dedican más del 20% de su producto interno bruto al desarrollo de tecnologías de la información.
Durante más de dos décadas los grandes medios de difusión fueron satanizados sobre la base de un argumento principal ((hubo otros también, pero el más frecuente fue éste): los medios son unidireccionales, no permiten el retorno, la retroalimentación: lo que significaba, que un proceso de comunicación sin entorno, sin un contacto directo entre emisor y perceptor, estaba viciado, abría pasa de antemano a la manipulación. No vamos aquí a atacar la hipótesis de una mejor comunicación a través del retorno. Pero cuando a partir de esta se pretende descalificar toda otra forma, consideramos que se cae en un error. Porque el retorno no se asegura para nada tal comunicación. Piénsese, por ejemplo, en una relación autoritaria padre-hijo: están frente a frente, cada uno se convierte en emisor-perceptor, y sin embargo el segundo es obligado a aceptar, a reiterar lo que se propone el primero. Lo importante no es el retorno sino la realidad del mismo. Y lo importante no es si un mensaje se difunde de manera unidireccional, sino lo que propone ese mensaje, su referencialidad a su calidad formal.
Esto no quiere decir que apoyamos ciegamente el uso de los grandes medios. Pero sí estamos convencidos de la posibilidad de un empleo alternativo de los mismos.

Imperialismo cultural

 
Intenta explicar el significado de la cultura popular en el conjunto de la experiencia de los individuos, reivindicando el análisis  del ámbito cultural como un campo aparte de lo social. En cuanto al imperialismo cultural los investigadores se reagrupan en torno de esta poderosa orientación, en donde se transporta la comunicación masiva en todos aquellos países occidentales en vías de desarrollo;   ya que considera que los valores introducidos en esos países son los del capitalismo, que contamina la naturaleza local y los colonializan a través de los mensajes transmitidos. Esto dio como resultado diferente enfoques dependiendo del interés de centrarse en los efectos o en los usos o incluso en el contenido.
La investigación sobre los medios masivos de comunicación (uso y satisfacción), trata de determinar que es lo que los miembros de la audiencia hacen con los medios de comunicación, en lugar de que es lo que los medios de comunicación hacen.
Otra investigación u orientación la cual trata sobre la difusión de innovaciones, en efecto este enfoque toma como punto de partida el decisivo papel de la influencia personal en el proceso de difusión e intenta analizar toda la información que sea de innovación.
Por lo tanto se crea una nueva teoría de la cultura, la cual establece una relación entre el contenido de la comunicación y sus efectos en los individuos y en la sociedad. Permite tratar el contenido y los efectos de los medios masivos de la comunicación, particularmente de la televisión contribuye a la creación y a la concepción que de la realidad se hace de la audiencia. Considera que la T.V. ejerce un dominio enorme en el medio ambiente simbólico, sustituyendo con sus mensajes las experiencias personales; ejerciendo un efecto a largo plazo en la opinión pública, al cultivar actitudes, gestos, preferencias, en breve la imagen del público.

EL EMISOR

EMISOR

Se ha personalizado tanto el papel del emisor dentro del proceso de comunicación que a fin de relativizarlo sería preferible hablar de "fase de emisor". Por parte, el término convierte todo en una especie de acto puntual, como si alguien emitiera en un momento y en otro dejara de hacerlo. Si bien esto es real no se agota allí la emisión. Emitir no se reduce sólo a hablar o escribir un mensaje. Un individuo, por el hecho de existir, está ofreciendo signos a los demás a través de sus gestos, su vestimenta, su manera de caminar, sus objetos, los espacios que lo rodean. La fase emisión es permanente y sólo adquiere sentido si se la analiza desde el punto de vista cultural. Emitir significa ofrecer rasgos culturales, ofrecerlos permanentemente.
Claro que hay momentos en que se emite más directamente. pero ellos, insistimos, no agotan de ninguna manera la riqueza de una comunicación cultural. Aprender a leer la comunicación no directa es una tarea fundamental y no solo para el especialista, sino también para el hombre llamado común, esto es, cada uno de nosotros. Un emisor, pues, lo es dentro de un conjunto de signos que lo anteceden históricamente, le condicionan sus posibilidades expresivas e incluso le ofrecen una gama amplia pero limitada de temas sobre los cuales expresarse. Se es emisor dentro de un contexto de significados, dentro de un horizonte cultural en suma.
En un libro que publicamos hace diez años (Discurso Autoritario y Comunicación Alternativa) distinguíamos entre emisor "real" y emisor "vocero". Decíamos que éste último transmiten lo que otros piensan o indican. Agregábamos "...También puede denominársele emisor conformador, ya que tiene la tarea de dar forma a un mensaje según indicaciones de otra persona".
No estamos seguros ahora de esta distinción. No porque no existan casos asó, sino porque la cosa no es tan simple. Y no lo es porque no se trata aquí de una cuestión de originalidad. El emisor real no es aquel que utiliza la palabra original, como estamos acostumbrados a pensar al emisor artístico. Si se permite parafrasear un pasaje de Alicia en el País de las Maravillas, el problema no es aquí el de qué originalidad tiene las palabras, el problema es quien tiene el poder.
El poder, en la fase de emisión, se ejerce de varias maneras:
1.- Determinando el modo en que socialmente deberán interpretarse, valorarse, personas, personajes, objetos, situaciones, ideologías.
2.- Controlando los mecanismos de difusión de los mensajes.
3.- Conformando lo que Valentín Voloshinov denominó "la uniacentralidad" del signo; es decir, que los signos, y aquello a lo que aluden, tienen un sólo significado posible. el que determina el emisor dominante.
4.- Rechazando, distorsionando, ocultando, ridiculizando, trivializando, aquellas personas, personajes, objetos, situaciones, ideologías que ofrecen una alternativa distinta a la versión ofrecida por el emisor dominante.
No nos referimos aquí solamente a quien tiene el poder económico y político (una clase social, por ejemplo). En todo el sistema lo que se da en grande también se da pequeño. Hay ejercicio de poder en la fase de emisión correspondiente a las relaciones interpersonales o grupales, lo sepa o no quien lo ejerce, lo ejerza o no con la mejor de las intenciones. La imposición de significados, de modo de valorar y aceptar la realidad, se ejerce en la familia, en las relaciones de parejas, en grupos de todo tipo.
La cadena de emisores reales o voceros es socialmente descendente (descenso en sentido económico, en el sentido de menores o ningún privilegio). Pero la imagen puede resultar peligrosa, porque cada eslabón no repite mecánicamente al anterior. Hay en ellos espacios de autonomía relativa, espacios en los que se abre alguna alternativa a la forma de significar y valorar dominante. Espacios que provienen no de los mensajes, no de los signos, sino de la manera en que son vividas las relaciones cotidianas, el trabajo, el acceso a la alimentación, a la vivienda, a la sociedad, no tiene una forma homogénea de significar y valorar es algo por demás evidente. Pero ello no es un producto de la comunicación o de los signos. Es una consecuencia de la inserción de individuos y grupos en determinadas relaciones sociales. También es evidente que a mayor poder económico, político, mayor poder de elaborar, difundir e imponer significados y valoraciones. Pero ese poder no es total. El sueño (pesadilla) de un discurso homogéneo está todavía allí mismo, en el terreno de los sueños. Una sociedad es un mosaico con grandes espacios de emisiones dominantes, pero con otros, pequeños, sin duda, en los que ejerce alguna alternativa, aunque sea balbuceante.
¿Cómo se ve a sí mismo un emisor dentro de ese mosaico? ¿Cómo Evalúa a sus destinatarios? Esto depende directamente del lugar que se ocupa del lugar social. No cualquiera razona "soy emisor y concibo a mi público de tal manera, por lo tanto mi mensaje será éste". Pero aún cuando no se razone así, la evaluación de uno mismo y de los destinatarios se produce siempre. Y de ella depende el modo en que se habla, se alude a un tema es decir, el modo de elaborar un mensaje.
Hay sin duda diferentes tipos de mensajes, conformados por ciertos signos y no otros. Cuando nos encontramos frente a uno degradante, por su estupidez y su mal gusto, no hace falta mucha imaginación para comprender que su emisor ve a los destinatarios como estúpidos e incapaces de gustar algo mejor. Los ve, en definitiva, como inferiores. Evaluación significativa precisamente atribuir un valor a los demás y elaborar el mensaje según tal atribución. Se corre el riesgo a menudo de evaluar a los otros como inferiores. Lo difícil es evaluarlo como distintos.
Nuestros temas iniciales, formación social y marco de referencia, adquieren mucha importancia cuando se intenta comprender la fase de emisión se es emisor dentro de ellos, aún cuando existían, como hemos señalados espacios de cierta autonomía relativa.

QUE SON LOS CODIGOS

CODIGOS

En un sentido general y abstracto podemos definir código, en referencia a cualquier lenguaje, como reglas de elaboración y combinación de signos. En el caso del lenguaje que utilizamos, la gramática (con su morfología y su sintaxis) es un ejemplo de código.
Pero debemos pasar desde ese plano de abstracción a otros más concretos. En primer lugar, el carácter social de los códigos. Hay una definición: "conjunto de obligaciones". ¿Cuáles? Las de elaborar y combinar de una forma determinada los signos. Pero, ¿obligaciones para quién? Los códigos son conjuntos de obligaciones sociales que permiten la comunicación entre grupos y entre grupos de una determinada formación social.
¿Convenio Social, entonces? ¿Contrato social en relación con la aceptación de dichas obligaciones? Una vía de interpretación semejante suele ser tentadora, pero también puede elevar a equívocos, Porque las obligaciones de la elaboración (y de interpretación, todo código implica alguien que decodifica) bien pueden ser impuestas.
El conjunto de códigos debe ser entendido en sentido relacional. Podemos hablar, por ejemplo, del código de la historieta: conjunto de obligaciones de elaboración, pero también conjunto de elaboraciones de interpretación. Es decir, la historieta impone al lector la forma en que debe ser leída, interpretada.
Hay que distinguir los códigos de elaboración de mensajes de los códigos conductuales. Ambos están presentes en todo proceso de comunicación y es necesario relacionarlos. Los códigos conductuales son los conjuntos de obligaciones que condicionan (no necesariamente determina) el comportamiento de los miembros de los diferentes grupos sociales en una cierta situación social.
Los códigos son vividos en general sin una crítica, son aceptados como el fundamento de la vida cotidiana y a menudo se los defiende hasta con la violencia. Que la vida social está codificada lo muestran con toda claridad las reglas que a diario respetamos en la vestimenta, en la manera de comer, de conducir, de saludar. El problema mencionado anteriormente se repite aquí: una rígida codificación de la conducta puede llevar a una pérdida de creatividad y de espontaneidad la reiteración de las soluciones, de actitudes que a menudo resultan inútiles para enfrentar nuevas situaciones.
Los códigos conductuales son racionalizados de manera tal que aparecen como algo natural, como algo dado de una vez para siempre. Así, las actitudes machistas llevan a conductas muchas veces aberrantes en lo relativo a la sumisión de la mujer. Cuando esto quiere ser discutido o analizado la defensa se establece a nombre de una suerte de aceptación ciega de lo que comúnmente se hace.
Si bien los códigos no son eternos no cambian muy fácilmente. Rossi Landi señala distintas formas de transformación: algunas variaciones, se abandona un código y se pasa a otro; se destruye el código para crear una nuevo. Lo cierto es que, salvo excepciones en el campo del arte o en algunas formas muy radicales de conducta, difícilmente se abandona del todo un código cuando se pretende crear algo nuevo: los grandes procesos de transformación social han arrastrado durante mucho tiempo huellas de códigos anteriores, que se manifiestan en conductas, creencias, y expectativas cotidianas.
Lo mismo sucede con la comunicación, sobre todo si se piensa en los grandes medios de difusión. Aún cuando hay variaciones muy grandes, en publicidad, por dar ejemplo, no es mucho lo que se innova desde el punto de vista de sus reglas de juego esenciales, es decir, de sus códigos. Dicho de otra forma, una variación de los mensajes puede, y de hecho lo está, queda sujeta a reglas muy rígidas de elaboración y de temas a tratar.
Lo mismo sucede con el discurso político. En su Retórica Aristóteles enuncia ciertas reglas (como por ejemplo la de los tópicos o lugares comunes) que se mantienen en pleno uso en la actualidad.
El éxito de los mensajes dominantes es no sólo en ellos mismos, sino también, y fundamentalmente, en la manera en que la población percibe las cosas, en los códigos estéticos vigentes, en los códigos de interpretación de los relatos. Y como todo código es también una forma de esperar el comportamiento de la realidad, cuando un mensaje se orienta dentro de tales reglas responde de alguna manera a las expectativas de la gente, con lo que se asegura su éxito.
Por último, la comunicación se hace imposible cuando el receptor está fuera del código. Esto es muy sencillo de comprobar frente a alguien que habla un idioma que desconocemos. Lo que desconocemos son en primer lugar las reglas esenciales de pronunciación y de sintaxis; por lo que la comprensión se hace imposible. Pero algo similar ocurre cuando debemos enfrentar un mensaje en lenguaje científico (en caracteres utilizados por la lógica simbólica, por ejemplo) o un lenguaje estético sofisticado (sea de alguna forma de cine experimental). El estar fuera del código puede resultar un incentivo para algunos sectores privilegiados de la población. Pero cuando se trata de trabajar con los sectores populares en una labor educativa, es preferible partir de sus códigos, de sus formas de percibir cotidianamente la realidad.